Lo que declaramos cuando
elegimos un TEa
Seleccionar un estándar analítico no es un acto técnico neutro — es una declaración sobre el riesgo clínico que estamos dispuestos a aceptar, aunque nadie la haya hecho de forma explícita.
En la segunda parte de esta serie vimos algo que vale la pena recordar con precisión: al cambiar las especificaciones de desempeño —de la variación biológica de Ricos a la de EFLM— varios analitos dejaron de cumplir. El método no cambió. El laboratorio no cambió. Cambió el estándar contra el cual evaluamos ese desempeño. Y eso fue suficiente para reescribir la historia del sistema.
Ese resultado es perturbador no porque sea nuevo —técnicamente, ya lo sabíamos— sino porque nos obliga a mirar de frente algo que solemos esquivar: si el desempeño de un método depende en buena medida del estándar que elegimos para medirlo, entonces la pregunta más importante no es “¿qué TEa debo usar?”. La pregunta más importante es: ¿qué estoy definiendo exactamente cuando lo elijo?
En LATAM, la selección del TEa no está sujeta a mandato normativo explícito. No hay regulación regional que dicte, analito por analito, cuánto error es tolerable. Lo que existe son fuentes —variación biológica, CLIA, EFLM, literatura, EQA— que el laboratorio puede adoptar, adaptar o ignorar, según su criterio o su costumbre. Eso convierte al TEa en una decisión técnica y voluntaria. Y como toda decisión voluntaria, su calidad depende enteramente de quién la toma y desde qué marco conceptual.
El carrusel que precedió a este artículo planteó una posición que quiero desarrollar aquí con más espacio: que el TEa no es una referencia técnica neutra ni un valor que simplemente se adopta. Es la forma en que traducimos, en términos analíticos, el nivel de error que consideramos compatible con la utilidad clínica del resultado y la seguridad del paciente. Esa traducción tiene consecuencias. Y hacerla de forma implícita —que es lo que ocurre cuando se copia un valor de una tabla sin preguntarse qué representa— es, en sí misma, una forma de gestionar el riesgo sin saberlo.
“Permitido” no significa lo que solemos creer
Cuando decimos que un TEa es el error “permitido”, es fácil leerlo como la cantidad de error a la que tenemos derecho. Una especie de margen de impunidad analítica. Esa lectura no es técnicamente incorrecta, pero es incompleta de una forma peligrosa.
La definición que operativamente debería guiar la selección del TEa es otra: el límite de error analítico que puede tolerarse sin comprometer la utilidad clínica del resultado ni la seguridad del paciente. La diferencia entre ambas lecturas no es semántica. Es filosófica. Y determina si el TEa se elige para cumplir una especificación o para gestionar un riesgo.
Al ser una elección voluntaria en la mayor parte de los contextos en que operamos, “permitido” termina siendo, en la práctica, lo que decidimos tolerar y declarar como correcto. Eso le da al TEa un peso que pocas veces le reconocemos: es, al mismo tiempo, una especificación técnica y una declaración sobre cuánto error clínico estamos dispuestos a aceptar en nombre de la operación.
La desconexión que nadie nombra
El problema central no está en elegir una fuente sobre otra. Está en la desconexión que frecuentemente existe entre la selección de especificaciones analíticas y la gestión real del riesgo clínico.
He visto esta desconexión repetirse en distintos formatos en 13 años trabajando en LATAM. Un laboratorio selecciona un TEa derivado de variación biológica porque es lo que el software de QC trae por defecto, o porque alguien en la región lo usa, o porque apareció en una capacitación. El sistema opera bajo ese estándar. El reporte muestra cumplimiento. Y nadie ha preguntado alguna vez: ¿qué consecuencia clínica concreta estaría generando si este método fallara justo en el límite de ese TEa?
Cuando esa pregunta no se ha hecho, el laboratorio puede estar operando con indicadores de cumplimiento aceptables pero sin una comprensión real del riesgo que está gestionando. O peor: creyendo que está gestionando un riesgo porque tiene un TEa documentado, cuando en realidad lo que tiene es un número sin anclaje clínico.
Lo que una especificación bien construida debe resolver
Desde la perspectiva APEX, el TEa debe responder a una lógica de gestión de riesgos antes que a una lógica de selección de fuentes. Eso implica, al menos, que la especificación sea capaz de contestar tres preguntas fundamentales.
Primera: ¿Qué decisión clínica depende de este analito y cuál es el impacto real de un resultado erróneo en ese contexto? El estándar no puede derivarse únicamente del desempeño histórico del método ni del nivel que la tecnología es capaz de alcanzar. Debe derivarse de lo que la decisión clínica exige. Un TEa que se define porque el método puede lograrlo, y no porque el paciente lo necesita, es una especificación orientada al sistema, no al fin del sistema.
Segunda: ¿Es el TEa seleccionado coherente con la capacidad analítica real del método? Un TEa que el método no puede sostener genera inestabilidad operativa y distorsiona la gestión del QC. Produce rechazo crónico sin diagnóstico real. Normaliza la desviación. Un TEa inalcanzable no es un estándar exigente — es un estándar disfuncional.
Tercera: ¿Puede esta elección explicarse y defenderse desde una perspectiva clínica, técnica y operativa? La documentación del TEa no es un trámite administrativo. Es la trazabilidad de una decisión de riesgo. Si la justificación del TEa de un laboratorio es “lo tomé de la tabla de CLIA” sin ningún análisis adicional, eso no es mala práctica necesariamente — pero tampoco es gestión de riesgo. Es cumplimiento sin comprensión.
Cuando el TEa amplio oculta el riesgo y el TEa imposible lo crea
Hay dos fallas simétricas que vale la pena nombrar. Una especificación demasiado amplia puede facilitar el cumplimiento analítico mientras oculta niveles de riesgo clínico que en determinados contextos son inaceptables. Un TEa del 20% para un analito utilizado en decisiones de dosificación crítica puede parecer razonable frente a la capacidad del método — y ser completamente incompatible con la seguridad del paciente.
La falla opuesta también existe: especificaciones derivadas de variación biológica que, en ciertas condiciones técnicas o poblacionales, superan la capacidad real de los métodos rutinarios. En esos casos, el laboratorio opera en falla crónica contra su propio estándar, lo que erosiona la confianza en el sistema de control y puede llevar a normalizar el rechazo como ruido en lugar de señal.
Diferenciar entre error tolerable y error clínicamente irrelevante es crucial, porque no todo error que puede medirse es clínicamente significativo, pero tampoco todo error pequeño es inocuo en determinados contextos. Eso solo se concilia conectando la comprensión analítica del desempeño con el valor clínico de su gestión de riesgo —conociendo la competencia del ensayo y la necesidad real de la población que atendemos.
Para el laboratorio
Un TEa sin anclaje clínico documentado es cumplimiento, no gobierno. La trazabilidad de esa decisión es lo que permite defender el sistema ante cualquier cambio normativo, tecnológico o de población.
Para el socio de canal
El laboratorio que no ha cuestionado su TEa tampoco puede evaluar el valor real de una plataforma. Hacer visible ese vacío es una conversación técnica que el canal puede tener mejor que nadie.
Para el fabricante IVD
Una plataforma evaluada contra un TEa que nadie eligió deliberadamente no está siendo juzgada por su valor real. El argumento de desempeño sigma solo tiene sentido cuando el TEa tiene una justificación explícita.
El TEa correcto no es el que mejor se cumple. Es el que, sustentado en criterio clínico y evidencia analítica, define un nivel de error cuyo riesgo es identificado, gestionado y ponderado como aceptable dentro del contexto real de atención al paciente.
La próxima parte de esta serie entra en la pregunta que naturalmente sigue: ¿cómo se articula explícitamente esa tolerancia al riesgo? ¿Qué implica hacer visible una decisión que normalmente permanece implícita? Porque la diferencia entre un sistema que gestiona riesgo y un sistema que cumple especificaciones no está en el número del TEa. Está en si alguien, alguna vez, se sentó a preguntar qué es lo que ese número está protegiendo.
El valor del TEa no está en el número en sí. Está en la justificación que lo sostiene. Y esa justificación, en un sistema maduro, necesariamente debe construirse desde la gestión de riesgos.
Referencias
- Hkimi, K., & Gara, S. (2026). Assessing precision, bias, and sigma metrics of 22 measurands using Ricos and EFLM specifications and implementation of internal quality control procedure in clinical chemistry laboratory. Clinical Biochemistry, advance online publication. https://doi.org/10.1016/j.clinbiochem.2026.111108
- International Organization for Standardization. (2022). Medical laboratories — Requirements for quality and competence (ISO 15189:2022). ISO.
- Clinical and Laboratory Standards Institute. (2011). Laboratory Quality Control Based on Risk Management (EP23-A). CLSI.

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